Las protestas y la coreografía de siempre

FORTALEZA, Brasil (AP). Es una coreografía tan antigua como las protestas mismas.

Manifestantes de un lado. Pancartas, banderas, consignas, algunos rostros cubiertos, buenas y malas intenciones. Policías antimotines del otro. Cascos, escudos, armadura, pistolas y escopetas para lanzar gases lacrimógenos. Ambos bandos saben que el enfrentamiento es inevitable, pero hay que seguir los pasos del ritual.

La marcha del jueves en Fortaleza comenzó como la mayoría de las que ocurren en Brasil desde hace un par de semanas. Convocadas por Facebook y Twitter, primero cientos y luego miles de personas se reunieron desde antes de las 10 de la mañana en un sector a unos cuatro kilómetros del estadio Castelao, en un barrio popular de esta ciudad de largas playas de arena blanca, edificios de lujo que miran al mar y se tapan la vista de las favelas que los rodean.

Grupos como el Movimiento de los Afectados por las Represas y el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra se mezclaban con sindicatos como la Asociación de Cabos y Soldados de la Policía Militar. Sectores que hasta ahora no habían tenido papeles protagónicos en estas protestas en Brasil, cada vez más politizadas y diversas, ya se dejaban ver con sus banderas y carteles.

"Este es un movimiento popular contra la corrupción, contra los dictadores del gobierno de (el estado de) Ceará y en la policía militar", reclamó Flavio Sabino, un representante del sindicato de policías que estaba agrupado en un colectivo denominado Central de Movimientos Populares. "Aquí están estudiantes, profesores, la población en general. Movimientos sindicales, movimientos sin tierra".

También están los que parecen tener su propia agenda, y no tiene nada que ver con movimientos sociales.

En esta ocasión, era fácil reconocerlos. Cuando comenzó la marcha por una calle de doble vía, con dos carriles en cada sentido, era el grupo de avanzada que, con rostros tapados por camisetas o máscaras, gritaba a coro: "¡Vandalismo, vandalismo!". Detrás, unas cinco mil personas los seguían pacíficamente con sus pancartas con mensajes en favor educación y servicios básicos, o en contra de la corrupción.

Luego de unos dos kilómetros, los manifestantes llegaron a una encrucijada. A unos 200 metros se encontraba el primer perímetro de seguridad de la policía. Barreras de metal, con unos 25 policías. Cincuenta metros detrás, la caballería pesada. Unos 40 agentes antimotines, armados hasta los dientes, y una decena de agentes a caballo.

La mayoría de los manifestantes preferían doblar por una carretera que los alejaba del bloqueo policial. Pero un pequeño sector tomó la iniciativa: desafiantes, empezaron a caminar hacia los policías. Había empezado la danza.

Finalmente, el resto de la marcha los siguió. Todos llegaron hasta la barricada y, al principio, empezaron a dialogar con un vocero de los policías.

"¡Sem Violencia, sem violencia!" (Sin violencia, sin violencia), coreaban unos, pidiendo cordura. Desde atrás, volaba alguna piedra o palo, pero todavía nada como para incitar la reacción de las autoridades. Pero la respuesta no demoraría.

"Brasil tiene que despertar. Está claro que este país necesita una revolución sí o sí", comentó José Luis Molinero, un médico que vive desde hace 17 años en Fortaleza y que, tras mostrar sus boletos para el partido, cruzó la barrera policial con una amigo para ir al estadio. "Creo que esta vez va en serio, no hay quien lo pare".

A unos pasos, en tierra de nadie, un restaurante seguía abierto, y dentro unos cuantos clientes observaban atónitos la escena mientras comían y tomaban cerveza.

Tras unos minutos de creciente tensión, más piedras y petardos empezaron a golpear los escudos y caer a los pies de los policías. La primera línea retrocedió, los manifestantes rompieron la barrera de metal y llegó la reacción inevitable: empezó la lluvia de gases lacrimógenos. Algunos corrían, otros pateaban las latas de gas hacia la policía o seguían tirando piedras.

Las aguas volvieron a su nivel, y se repitió la escena. Piedras de un lado, gases del otro. Gente corriendo, rostros cubiertos o empapados de lágrimas. Recicla y vuelve a usar.

"Estuve en la última protesta y me acerqué demasiado, y una bomba de gas lacrimógeno me explotó cerca" relató Leticia Prainer, una manifestante que vestía una camiseta de la selección inglesa de fútbol. "Es algo que ya esperamos, siempre hay algunos enfrentamientos".

Como si fuese parte de un libreto, dos bombas de gas lacrimógeno detonaron en ese instante a unos pasos de Prainer. Todo como parte de la coreografía.